Hay enfermedades que llegan de golpe, con un diagnóstico que parte la vida en dos, pero el Párkinson no funciona así. Llega despacio, con pasos tan pequeños que durante meses, incluso años, pasan desapercibidos.
Un temblor leve en la mano al descansar, una letra que se vuelve más pequeña, una expresión facial que pierde algo de vivacidad, son señales que el cuerpo envía antes de que nadie sepa interpretarlas. Hoy, más de diez millones de personas en el mundo viven con esta enfermedad, según la Parkinson’s Foundation.
¿Qué ocurre dentro del cerebro?
Para entender el Párkinson hay que conocer una pequeña región del cerebro llamada sustancia negra. En condiciones normales, las neuronas de esta área producen dopamina, un neurotransmisor que actúa como mensajero químico esencial para coordinar el movimiento, el equilibrio y la fluidez de los gestos.
En la enfermedad de Párkinson, estas neuronas comienzan a deteriorarse y morir de manera progresiva, lo que provoca una caída drástica en los niveles de dopamina. Cuando se ha perdido aproximadamente el 60 o 70 por ciento de estas células, los síntomas motores característicos empiezan a manifestarse con claridad, según la Organización Mundial de la Salud.
Uno de los hallazgos más relevantes de las últimas décadas es la presencia de los llamados cuerpos de Lewy, acumulaciones anormales de una proteína llamada alfa-sinucleína dentro de las neuronas. Estas estructuras no solo afectan a la sustancia negra, sino que pueden extenderse a otras áreas cerebrales, lo que explica por qué el Párkinson es mucho más que una enfermedad del movimiento. Así lo describen Braak y colaboradores en su influyente modelo de estadificación publicado en la revista Neurobiology of Aging.
Los síntomas del Párkinson, mucho más que el temblor
Cuando la mayoría de la gente piensa en el Párkinson, imagina a una persona mayor con temblor en las manos y aunque el temblor en reposo es uno de los síntomas más reconocibles, la enfermedad presenta un espectro mucho más amplio y silencioso. Los cuatro síntomas motores cardinales son el temblor en reposo, la rigidez muscular, la bradicinesia o lentitud de movimientos, e inestabilidad postural.
Pero igualmente importantes, y a menudo precediendo a los síntomas motores por años, son los llamados síntomas no motores. La pérdida del olfato, conocida como hiposmia, afecta a un porcentaje elevadísimo de pacientes y puede aparecer hasta una década antes del diagnóstico, según un estudio publicado en Annals of Neurology.
El estreñimiento crónico, los trastornos del sueño REM, en los que la persona actúa físicamente sus sueños, la depresión y la ansiedad también forman parte del cuadro clínico. No son secundarios ni menores, son parte integral de la enfermedad y afectan profundamente a la calidad de vida.
¿Por qué ocurre? Las causas de una enfermedad compleja
La pregunta que más repiten las familias en la consulta es siempre la misma: ¿por qué le pasó a él o a ella? Y la respuesta honesta es que el Párkinson es una enfermedad multifactorial, en la que genética y ambiente se combinan de manera que aún no entendemos del todo.
La mayoría de los casos, alrededor del 85 por ciento, son esporádicos, es decir, no tienen un origen hereditario claro. Sin embargo, mutaciones en genes como LRRK2, SNCA, PINK1, Parkin y GBA han sido identificadas como factores de riesgo significativos en casos familiares, según el trabajo del consorcio internacional IPDGC publicado en Nature Genetics.
Entre los factores ambientales, la exposición prolongada a pesticidas como el paraquat y la rotenona ha mostrado asociación con un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad, un vínculo que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer ha revisado en distintos informes epidemiológicos.
Por el contrario, el consumo de café y el tabaquismo se han asociado de forma consistente con un menor riesgo, aunque estos datos no implican recomendación terapéutica alguna, sino que orientan la investigación hacia mecanismos neuroprotectores.
La edad sigue siendo el principal factor de riesgo no modificable, la enfermedad afecta principalmente a mayores de 60 años, aunque un 10 por ciento de los casos se diagnostican antes de los 50.
Diagnóstico del Párkinson
No existe hasta hoy un análisis de sangre ni una prueba de imagen que confirme el Párkinson con absoluta certeza. El diagnóstico sigue siendo eminentemente clínico, basado en la historia del paciente, la exploración neurológica detallada y los criterios diagnósticos de la Movement Disorder Society, actualizados en 2015.
Técnicas como el DaTscan, una gammagrafía cerebral que evalúa la integridad del sistema dopaminérgico, pueden apoyar el diagnóstico en casos dudosos, aunque no son definitivas por sí solas. La respuesta positiva al tratamiento con levodopa es también un criterio de peso, casi una prueba terapéutica que confirma la sospecha clínica.
Tratamientos para controlar la enfermedad, recuperar la vida
La levodopa, descubierta en la década de 1960 por el neurocientífico sueco Arvid Carlsson, quien recibiría el Premio Nobel de Medicina en el año 2000, sigue siendo el tratamiento más eficaz disponible. Se combina con carbidopa para evitar su metabolización periférica y potenciar su acción en el cerebro. Con el tiempo, su efecto puede volverse irregular, generando fluctuaciones motoras conocidas como fenómeno on-off y movimientos involuntarios llamados discinesias, lo que obliga a ajustes constantes de la medicación.
A la levodopa se suman otros fármacos como los agonistas dopaminérgicos, los inhibidores de la MAO-B y los inhibidores de la COMT, todos ellos orientados a maximizar la disponibilidad de dopamina en el cerebro. Para los casos más avanzados, con fluctuaciones severas, la estimulación cerebral profunda, una cirugía en la que se implantan electrodos en regiones específicas del cerebro como el núcleo subtalámico, ha demostrado resultados notables y está respaldada por décadas de evidencia científica publicada en The Lancet Neurology.
Terapias emergentes como el ultrasonido focalizado, la infusión continua de levodopa intestinal y los tratamientos con células madre abren horizontes prometedores que la investigación actual explora con urgencia.
Junto al tratamiento farmacológico, el ejercicio físico ha emergido como una de las intervenciones más poderosas, no solo para el control de los síntomas, sino potencialmente para ralentizar la progresión. Un meta-análisis publicado en NPJ Parkinson’s Disease en 2021 concluyó que el ejercicio aeróbico de intensidad moderada mejora significativamente la función motora, el equilibrio y la calidad de vida. El tai chi, el baile, la natación y el entrenamiento de fuerza son especialmente recomendados.
La fisioterapia, la logopedia para los problemas de voz y deglución, y el apoyo psicológico forman un equipo interdisciplinar que no debería ser opcional, sino parte central del tratamiento.
El Párkinson no tiene cura todavía, pero tiene tratamiento, tiene ciencia detrás y, sobre todo, tiene personas que cada día aprenden a vivir con él con una determinación que merece todo nuestro respeto y atención.

